A 50 años de la Noche de los Bastones Largos

Un mes después de derrocar a Arturo Illia mediante un golpe de Estado, la dictadura de Juan Carlos Onganía intervino varias facultades de la Universidad de Buenos Aires a golpes de machete, gases lacrimógenos e insultos tanto a estudiantes como a docentes.

La Facultad de Ciencias Exactas y Naturales fue el epicentro de la represión. El decano mismo, Rolando García, terminó sangrando por los bastonazos de la policía. Después de aquella noche, más de doscientos científicos renunciaron y cayeron en el exilio. A 50 años de tales acontecimientos, es importante reflexionar, como comunidad académica y como argentinos, para que la historia sirva de base para nuestro accionar futuro.
La isla democrática
Los bastones de Onganía interrumpieron una universidad que se venía desarrollando durante aproximadamente una década. Una universidad de gran nivel académico, de participación estudiantil y de posiciones críticas al sistema vigente. Una “época dorada” como se suele denominar a este período. En Exactas, los debates entre Oscar Varsavsky, Rolando García, Manuel Sadosky combinaron compromiso político y nivel académico. En muy singular aire de libertad proliferaron las visiones anticapitalistas, posiciones antiimperialistas y excelencia científica.

La universidad, no obstante, se encontraba sumergida en un contexto completamente diferente al vivido internamente. La represión era moneda corriente en una Argentina disputada por los poderes internacionales. La autodenominada Revolución Argentina encabezada por Onganía encontraba entre sus fundamentos el combate contra cualquier organización o ideal que creyera favorable el desarrollo del comunismo. Tal posición provenía del alineamiento del ejército a la política impulsada por Estados Unidos, que en plena guerra fría se preocupaba por el surgimiento en Latinoamérica de posiciones alineadas con la Unión Soviética. Así pues, desde la Escuela de las Américas en Panamá se enseñaba a las fuerzas armadas de nuestros países la “doctrina de seguridad nacional” según la cual el enemigo era interno a las naciones y respondía a los ideales socialistas. Las fuerzas armadas a su vez, habían tenido como mentores a los franceses que desarrollaron la escuela contrainsurgente a partir de sus experiencias en Argelia e Indochina.

Para el pueblo, los años de represión habían comenzado varios años antes del golpe de Onganía. Los bastonazos estaban ya en el Plan CONINTES (Conmoción interna del Estado) de Frondizi, las balas en los fusilados de José León Suárez, y la democracia cercenada con la proscripción del peronismo. En las facultades, la libertad circunstancial no fue desaprovechada. Así, el gran nivel académico y la democracia interna alcanzada hacían una situación intolerable para los defensores de una Argentina sometida a los intereses estadounidenses.
Una academia crítica al lado del pueblo
Lejos de acallar las voces de una universidad politizada, los bastonazos unificaron las vivencias de una academia democrática con las de un pueblo bajo represión, potenciando así las críticas al sistema político. La universidad vaciada de contenido se exilió cortando un proceso de años de democracia y libertad interna. Pero no pudiendo eliminar el espíritu fraterno de algunos de sus integrantes hacia su pueblo, éste se trasladó a las calles donde se entreveró con el pensamiento nacional surgido en los barrios. Así algunos años después de la fatídica noche, científicos y pensadores se mezclaron en las organizaciones populares dando lugar a variedad de publicaciones y debates que perduran y debemos continuar. Las Cátedras Nacionales fueron ejemplo de ello. En el caso de particular de los científicos, el compromiso político hizo que centenares de ellos estuvieran dispuestos a cambiar sus temas de investigación por los que un proyecto de la comunidad nacional demandara. Tal propuesta fue desarrollada por el Consejo Tecnológico del Movimiento Nacional Justicialista, con el mismo Rolando García a la cabeza.
A continuar la tarea
Como en aquella época, el desafío nuevamente es vincular el conocimiento académico con la realidad de nuestro pueblo. Nuevamente el cientificismo denunciado por Varsavsky reina en nuestros laboratorios y aulas al servicio del capital trasnacional y la codicia mercantil. Nuevamente algunos sectores se preocupan más por hacer “buena ciencia” –con estándares internacionales- que por la realidad cotidiana de nuestro país. Nuevamente hay que llevar los dilemas nacionales a las aulas, porque como decía Rolando García: “Claro que hay que desarrollar la ciencia, claro que hay que formar más y mejores científicos, pero esos más y mejores científicos o están al servicio del país o es lo mismo que vivan en Berkeley, en Harvard o en Cambridge”.

 

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